viernes 10 de julio de 2009

AUTOBIOGRÁFICA. Recuerdo (falso) que, sin embargo, reclama su derecho comunicativo.


Recorrer la escala de los grises, matizar la luz con excitantes y somníferos nacidos de un pequeño entornamiento de puertas y ojos; dejarse sorprender por los cambios tanto como por las permanencias. Mantener la conversación y morir por ella para atender al detalle y la diferencia que haga cambiar proporciones y armonías en las cartografías de este viaje. Recorrer la luz, matizar la escala de grises y dejarse sorprender por la pincelada incesante del color. No tener miedo – no seamos idiotas ahora, amiga – si estos descubrimientos nos estremecen. Temblemos.

Ella y él, recién salidos de la adolescencia y conversando a través de los huecos de la música (Radiohead). Lejanas las rodillas no se tocan. El vaso de cerveza emite positrones y crea un una imagen tomográfica de cuerpos y almas. Nadie ve esa imagen salvo el lector privilegiado que puede actuar como hermeneuta o médico o “ácido clínico”, si así lo desea. Una bocanada de marihuana gasificada recorre el local y una chispa rosa se posa en los labios. Comienza la charla que parece que ya no quiere terminar. El paisaje interior es muy bonito (Todo esto – la charla que no quiere terminar - es ilusión, claro, pero ellos, tan jóvenes, no lo saben; no saben del aburrimiento ni del esfuerzo, ignoran que hay que dejar espacio a la soledad de las orquídeas - como dijo Ricardito Rorty. Cultivar la propia perversión y los crueles fanatismos para volver a entrar en barrena dentro del perfil táctil - ¿no se habla por la piel? - de la palabra compartida).

Ellos tienen el tiempo limitado por papá y mamá, por su corto monedero y por todo aquello que no se quiere decir. Ella habla de su proyectos, de sus futuros estudios y del inter-rail. Se miran, fuman, hablan, beben cerveza suave mientras pasan rostros que reclaman la atención. Se ríen como idiotas porque se lo pasan bien. El deseo hace volutas con la inteligencia y edifica palacios. Todo sería muy decadente, ñoñito y “mono” si el novio celoso no andara con ganas de follón y hostias. (De todas formas la sangre nunca llega al río ni la tristeza a Tokio)
......

Han pasado los años y han dejado de fumar mientras fuman y beben cerveza sin alcohol contando los sorbos y calibrando la embriaguez. Yo creo que sólo podrán seguir conversando si han sabido preservar un espacio para las orquídeas. Esto ya lo dije y no quiero repetirme pero, de lo contrario, se limitarán a comentar los escándalos y priorizarán los problemas de estómago y el-qué-dirán. Dejarán que sus neuras se filtren por las canciones de Radiohead y conviertan todo en sórdida melancolía de viejos. Lo que pasó aquella tarde no habrá existido aunque todos lo recuerden y hasta aquel noviete de entonces jure que partió la cara al que quería levantarle la chorba. Por Dios, ¡qué horror de ancianidad y qué insania de los recuerdos!

(Nota: En la polémica medieval sobre la potencia divina discutían los sabios sobre la posibilidad de que Dios devolviera el virgo a la doncella defenestrada o pudiera hacer que Roma no hubiera existido. Tema brutal que deja al hombre en un perfil de contingencia nunca antes experimentado. Sin embargo, poco a poco, metieron los sabios al Dios omnipotente en cintura y acabaron sodomizándolo hasta la muerte. En el caso que nos ocupa, me parece evidente que si no saben cultivar nuestros protagonistas sus jardines aquella conversación entusiástica de los dos adolescentes desaparecerá. Será lo inexistente. Ni siquiera un sueño)

(Nota: Me voy a cultivar orquídeas al Mediterráneo. Sobre el agua y gracias al amor al color que ahora me embarga)

Imagen: George Grosz. El hombre enfermo de amor(¿?Lovesick) 1916.

miércoles 8 de julio de 2009

AUTOBIOGRÁFIKA. Dos recuerdos iniciales, fundacionales de la memoria y de la experiencia (II)


Una sala de hospital o ambulatorio. Más que habitación parece un pasillo estrecho y alargado en cuyo fondo hay una ventana de esas que permiten el paso de la luz pero no ver el exterior. Un cierto tono verde limón deriva de la luz generosa que surge de muchos puntos (la ventana y también de los objetos). En el fondo hay una mesa - o, mejor, un mostrador o repisa recubierto de azulejos – sobre la que se apoyan cajas metálicas que se utilizan para desinfectar instrumental médico (jeringas) o para preservarlo de la contaminación. Quizás hay también vapor pero la luz suaviza esas nubes de asepsia. Pudiera ser que fueran a pincharme pero no tengo miedo ni siento malestar. A veces esta imagen se ve cortocircuitada por otra en la que mi madre y yo entramos en la consulta de un médico (no veo a mi madre, veo – como si fuera una cámara de vídeo – la habitación y al médico con su bata. Los colores son los mismos pero la presencia del humano – antipático – hace que el cuadro me resulte más desagradable. El efecto humano. Creo que me receta unas pastillas ---- también recuerdo unas pastillas de la infancia aunque, obviamente, no sé si tienen que ver con la imagen de la consulta ni mucho menos con la primigenia sala verde y luminosa.

En mi sala verde y sin miedos no hay nadie. Sólo la luz y las cajas metálicas que protegen las jeringuillas de la acción exterior. Sin embargo si en la imagen que comentaba ayer – la del coche que se dirige a la colina – me siento solo (que no mal) y como abandonado al flujo catódico, en esta imagen hospitalaria siento la presencia de mi madre. Me hago presente tremendamente protegido, blindado frente a las agujas, la enfermedad y, fundamentalmente, ese médico borde. Mi madre, joven y guapa, crea un aura sacramental de seguridad que me permite experimentar la belleza de los colores y la luz con deleite. Podría decir que mi segunda imagen fundacional es femenina

(Quizás eso explique que dejo caer siempre la belleza del lado femenino. Femenino: fuerte y capacitado para dejarse llevar, abandonado a la percepción de cualquier objeto en todos sus brillos, abandonado a la contemplación, al deseo, al cuidado, al amor... Por el contrario, lo masculino apuntala su rudeza constantemente – como temiendo una caída de la erección – y, por ello, no hay en él abandono, nunca se deja llevar por la contemplación, el deseo, el cuidado, el amor...Lo masculino es andamiaje; lo femenino fluido. Notemos: esta caracterización en nada compromete a hombres y mujeres. Es pura efervescencia de mis emulsiones autobiográficas.)

martes 7 de julio de 2009

AUTOBIOGRÁFIKA. Dos recuerdos iniciales, fundacionales de la memoria y de la experiencia(I)


Una imagen de televisión. Se ve un coche – como de los años treinta, americano – que se dirige hacia una casa que se encuentra en la cima de una colina. Paisaje seco, sin cultivar o con la cosecha recogida. Polvo en los ojos y en el fondo de la garganta. Me recuerda a algunos cuadros de Hooper o al célebre “Christina’s World” de Andrews Wyeth. El coche asciende por el camino de tierra y siempre se ve su parte trasera. Quiero decir: el coche nunca llega al final del sendero pero se encuentra inequívocamente en movimiento aunque la imagen sea fija en el recuerdo. La imagen procede de la TV y es muy posible que estemos ante algún fragmento de película. Desde pequeño tuvimos televisión en casa y no es raro, por lo tanto, que haya quedado en mi este retazo de alguna narración que está olvidada.
Años después asocié la imagen a los truculentos sucesos que Truman Capote nos cuenta en A Sangre fría. Desconozco la razón de este proceso que integra dos realidades tan lejanas en el tiempo (he leído la novela de Capote por primera vez hace relativamente poco) y que nada tienen que ver. Eso significa que mi memoria funciona como engrudo unificador de mi conciencia modificando todo lo que encuentra a su paso sin “discreción ni miramientos”. Mi coche que va hacia la colina reverbera en mi mente un sentimiento de paz muy lejano al frío dolor que genera la matanza de la novela. Todo es raro y maravilloso.

lunes 6 de julio de 2009

Autobiografía o autopoiética


Mi primer poema rimaba en pretérito
imperfecto.

Mi primer poema estaba escrito en un cuaderno de la Caja del Círculo (verde el cuaderno / gris la Caja) .Y en la contraportada podía leerse:

“Familia que ahorra, familia feliz”.

Mi primer poema soñaba(falsamente) parusías e imaginaba el fin de la historia y todos los conflictos. Trataba de
“una porra que no pegaba/
y de un hombre que la amaba”.


(Cito de memoria: el cuaderno de la Caja fue destruido hace mucho tiempo).

Y ahora, tantísimos años después, pienso que esa fijación mía con el pretérito imperfecto de indicativo de la primera conjugación no es sana ni cabe esperar de ella nada. Manifiesto: “No utilizar el pretérito imperfecto de indicativo, con especial prohibición de la primera conjugación.”

No he nacido para cumplir manifiestos (no por inteligencia postpoética sino por la debilidad del buey idiota). Recitar aquel “era una porra que no pegaba / era un hombre que la amaba” me provoca una malsana excitación que me arrastra hacia vicios privados que son impedimento y lastre de toda poética. Salvo la mala.

viernes 3 de julio de 2009

RECONSTRUCCIÓN DE UN CIERTO ESPEJO NEGRO (y IV)


La sangre se extiende y mancha su vestido. Unos ojos negros como la imposibilidad del perdón miran la cara apagada de la niña y se debaten entre la inmensidad de un placer que culmina y el arrepentimiento que como un relámpago clarea el alma.

Después llega la ocultación y el ascetismo. Hundido el cuerpo entre las telas de su túnica, el lógico esteta mira el atardecer y castiga sus ojos cerrándolos cuando los rayos del sol van a anunciar la esperanza de una humanidad que clausura sus negocios y sale a las terrazas para combatir el calor. Desea escribir pero golpea su mano. Se corta el pulgar. Se arranca un ojo para, finalmente, dejarse llevar por la aceleración nerviosa de su corazón. El corazón recuerda el momento de la furia, cuando el chorro de tinta escribió en el cuerpo ausente la palabra belleza. Se ahoga de nuevo en el placer y se excita en la expiación, el castigo y la renuncia al mundo.

La luz verde acaba borrando la sangre, devuelve color a la cara de la niña que no sonríe. Ha pasado quizás un año. La pena está cumplida y el libro finalmente culminado, en manos de las institutrices, hace soñar a las mariposas, a las ninfas, a sus padres. La luz tacha la vulgaridad de la carne abierta porque la subraya con toda la paleta de colores. La gran mentira del color.

La hermana de Gregorio Samsa toma un autobús en Praga y siente el primer signo de su menstruación. Sonríe a sus padres y olvida a Alicia en el maravilloso mundo de las tardes de té en casa del reverendo aficionado a la fotografía.
La estética, moribunda, resucita en la religión (la ética se refugia en los intestinos de los cínicos)
Imagen: Silencio de los corderos

jueves 2 de julio de 2009

RECONSTRUCCIÓN DE UN CIERTO ESPEJO NEGRO (III)


La noche del cazador llega finalmente. Se intentó una vez y otra quedó frustrada por un incierto sabor ocre en los oídos. Pero hoy es la ocasión, el momento alcanza su masa crítica de sumandos. Todo será suave y encantador y, para ello, repasa la línea de los labios, se recorta las uñas de manos y pies buscando la parábola perfecta que evite el arañazo, la sensación de garra que quiere evitar porque no se imagina él sacrificio sino entrega, encuentro de almas que finalmente definen su puridad, la maravilla buscada.

Por eso no importa que la noche depredadora sea tarde soleada, ni que al otro lado de las cortinas alguien ría un chiste. El calor canta su melodía de mes de julio y él tiene preparada la parusía estética, el final de la imagen y el relato con el que ha ido envolviendo los mohines y las preguntas perplejas de su amiga. Y allí está ella dispuesta a una nueva aventura, embebida del humo del gusano opiómano. La ropa caída como en sueño o elevada por un curioso sistema de poleas invisibles, como en cuadro de Balthus. La mujercita que simula el sueño – él así se lo ha pedido - sonríe cuando suena una canción de Shakira. Finalmente, pues, el relato no va ser concluido (será reescrito para otros, ocultando claves y purificando las pasiones en la gramática).

Acaricia su pelo y deja que la pulcritud se torne olor a cerveza, mucosidad de diverso pelaje y la sensación de que un tranvía nos atraviesa la carne. La mano gentilmente blindada por la fuerza animal cancela la boca para la palabra y el beso. El cobre se despertó clarín y óxido. La niña no puede imaginar otra cosa que un paseo por el parque de los tilos.

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La niña llora. La sombra del horror se ha posado entre sus labios, su pecho, sus piernas. Humedecida por la viscosidad de un mal olor desea, al borde de la inconsciencia, una llamarada abrasadora que la exilie.


La estética enreda a la ética en el juego de la lógica implacable del depredador.

Imagen: el silencio de los corderos

RECONSTRUCCIÓN DE UN CIERTO ESPEJO NEGRO (II)


ALICIA:
Una huella blanca reposa borrada en el muslo

Número uno: Está Jodie Foster en el papel de Clarice Starling, dentro de la casa de Búfalo Bill, con su pistola preparada pero a oscuras. Es malo no ver . Cla-ri-ce respira asmática. Y en esas el psicópata se coloca su aparato de visión nocturna y persigue - insinuándose como sombra - a la pobre Jodie que, en ese momento se torna Iris, la chica de Taxi Driver: una niña desvalida pero armada. Bill nos narra con sus gafas un acoso en toda regla: ella siente que algo pasa a su lado pero es incapaz de comprender qué ni cómo ni dónde. Es el inicio de un malestar perdurable, de un demonio en el corazón. Es posible que el disparo final acabe con la pesadilla de los corderos pero ¿no se ha iniciado la de las mariposas en la noche?

Número dos: Alicia no va armada. La niña y su memoria, de vuelta del paseo en barca, reconstruyen lo aprendido esa tarde. Una mano y una boca salieron espesas de la narración como lenguas de gelatina o hígado. A Alicia le gusta muy poco el hígado y algo la gelatina. Alicia repasa como si de una lección de la escuela se tratara lo que "tito Charles" le ha enseñado esa tarde. Una clave antigua fuerza al olvido detrás del deleite ("¿a que es divertido?" – decía el hijo del perro). El dolor asomó sus alfileres muy poco. La curiosidad se escurre por los detalles y ella, por un momento (hasta que llega la hora de la merienda que todo lo ordena), asume la presencia del mundo como mejor puede hacerse: sin entender nada.

Número tres: Alicia ha sentido la presencia de algo en la oscuridad. Pero no tiene pistola, no puede por intuición o a lo loco, matar a la bicha que no se sabe si pupa o mariposa o gusano. Alicia ha recorrido el pequeño lago escuchando una bonita historia pero no entiende por qué debía moverse tanto, ni por qué se subió el vestido para evitar que se manchara, apartar una abeja o hacerse una foto. Ignora por qué siente sombras cuando posa aunque le divierta un montón hacerlo. No acaba de entender ese momento en el que el alegre Charles tocó con el pulgar su muslo de un modo tan vigoroso (y menos aún por qué a partir de ahí dejó de hablar, remó con fuerza hacia la orilla y no le quiso confirmar si mañana volvería a leerle la aventuras disparatadas de la otra Alicia, la que vive al otro lado del visor, la apuntada con un pistolón disfrazado de ingenio y lógica).

La estética en el límite (Lo bello y lo siniestro). La ética en un tris tras: el espacio de lo impropio (o quizás, sólo, lo inconveniente).


Imagen: Alicia, by Carroll (Dogson)

miércoles 1 de julio de 2009

RECONSTRUCCIÓN DE UN CIERTO ESPEJO NEGRO (I)


ALICIA

La niña juega, delicada y salvaje. Sus hermanitos, al parecer, han optado por la huida hacia el bosque o el parque después de la pequeña paliza. Ella se revuelve en el suelo un rato, canaliza la ira en expiraciones ruidosas y finalmente se queda tumbada boca abajo, con la falda casi en la cintura. Balbucea tierra y polvo. Se da la vuelta para limpiarse el verde de la rodilla y humedecer con su saliva la herida del codo. Le mira. Le sonríe y vuelve a dejarse caer en la tierra para tramar alguna sutil venganza.

Una sonrisa - la sonrisa y la caricia son los argumentos fundamentales para matizar cualquier materialismo – se refleja en los ojos del lógico esteta. Sus ojos tienen patente de corso - concedida por la filosofía y el arte – y se enredan en los pliegues de la ropa y detectan más de siete franjas de luz que merecerían ser memorizadas. Se toma nota en silencio, siempre en el maldito silencio.

Para hablar el lógico esteta necesitaría escribir un libro. Quizás un cuento sobre una niña a la que se somete a un viaje para mayor gloria de los puntos de luz y la gama de colores. El bueno del lógico esteta se lo piensa. Duda. ¿Por qué expresar cuando cabe la visión, la contemplación y el silencio plácido? Sabe que la expresión de las luminarias encontradas entre las cosas está siempre a un paso del ridículo y a dos del escarnio.

Al atardecer la hierba se sube encima de la mesa y oculta la taza de té. Acaricia la mano del buen lógico y éste comprende que el verde le está hermanando con la niña. Se inicia el paseo y la expresión. La maravilla de las maravillas expía cualquier torpeza de la piel o la boca. La barca navegará por el río . La niña, con los ojos cerrados, escuchará su propia historia mientras su cuerpo y sus ropas se tornan porta aeronaves de las siete franjas de luz dignas de ser memorizadas.

Estética gloriosa e impasse ético

Imagen: Retrato de Alice Liddell, Charles Lutwidge Dodgson,

martes 30 de junio de 2009

HECHOS Y ARTEFACTOS DE DESENCUENTRO (1980 – 2009)


1.-Lo que fue o parecía, la textura del recuerdo reconstruido como si de un concepto metafísico se tratase y que, al parecer, provocó tu sorpresa y mi anclaje (en el pasado). La conclusión de la memoria después del (falso) proceso inductivo

¿Por qué te muerdo el labio ahora que habías decido besarme?

2.- Lo que Aquel que siempre huye temía que fuese y nunca pudo contrastar experimentalmente, ni en el más sutil de los laboratorios poéticos. Espejo poético-autobiográfico que incita el desarrollo de toda esta meditación.

¿Por qué me muerdes el labio ahora que había decidido besarte?

3.- Lo que esconde el pliegue de la boca. Todos nosotros ya pliegues: ojos, manos, intestinos, estómago encogido por el miedo y el placer intuido. El Yo y el Tú como incógnitas y barreras. Los artefactos del desencuentro:

3.1. Artefacto del desencuentro (I): Su boca (hacia fuera):

¿Por qué me muerdes el labio ahora que habías decidido besarme?

3.2. Artefacto del desencuentro (II): Mi boca(hacia dentro)

¿Por qué te muerdo el labio ahora que había decidido besarte?

4.- El ensueño y la fantasía, lo impropio e improcedente; aquello que aún se teme a pesar de los treinta años pasados. Ahora. Horizonte de nuevos cierres. Siempre igual.

¿Por qué te mordería el labio si ahora decidieras besarme?

¿Por qué me morderías el labio si ahora decidiera besarte?

(Y se abrirá un ciclo de retroalimentación que nos lleva al paso 1.)

5.- Apolo persigue a Dafne y ésta se convierte en laurel para circunscribir el asedio de la ciudadela (¿qué ciudadela? ¿qué es eso que hay que preservar? ) a un marco estático, a un constante y angustioso diferir todo hasta mañana. Soy Dafne. Era Dafne.

Der Kuss( Gustav Klimt, 1907-08)

lunes 29 de junio de 2009

28 de junio de 1940



El 28 de junio de 1940, Adolf Hitler viajó muy tempranito a un París recién vencidito. Dicen que llegó a las cinco de la mañana acompañado del arquitecto Speer y otros artistas a los que hizo vestir para la ocasión con uniforme militares. Visitaron la Ópera. Se fotografiaron con la Tour Eiffel de fondo como se muestra en las célebres fotos que registran el avatar. Todo en la más pura línea del Tourisme chez siècle XX pero con abrigos largos de cuero (Desde luego parece poco verosímil y hasta extemporáneo imaginarlos con pantaloncitos cortos .... ni siquiera en el modelo bávaro). El caso es que abandonaron excitados la ciudad pero no por lo visto sino por lo visionado: el gran Berlín que se iba a edificar (con Speer como maestro de ceremonias) en menos de diez años. Adolf dixit.


Cuando el coche de carreras – versión vehículo acorazado - ganó a la parafernalia del arte clásico, toda la quincalla del Louvre quedó para turistas.


El caso, como sabemos, es que diez años después Berlín sí se convirtió en la gran instalación del orden post-bélico. Sus texturas decían más del siglo que la ciudad de la luz que nunca ardió. Después Nueva York robó el imperio de la estética a París. Sin embargo Berlín no había dicho su última palabra. La brecha de hormigón fue signo del final del siglo y la regeneración posterior convirtió a la capital alemana en eje arquitectónico. ¿No es verdad que Berlín es cifra del XX más que París?


Me gustaría visitar París de madrugada; el 28 o el 29 de junio son buenas fechas. Yo me haría también una foto en el Trocadero y hablaría con los amigos de una nueva ciudad al otro lado del río y de la historia. Una ciudad que diez años después quedaría convertida en lodo y olor a gasolina para mayor gloria de la historia y del Tercer Hombre (el de Greene, no el de Platón).



No sé por qué pienso en mi cuerpo como ciudad y en su arquitectura. Y pienso en el disparo de Hitler y en el de Eva Braun y en el de la perrita Blondie. En el momento de los tres disparos Berlín ya era signo y cifra de la época oscura que llegaba. Y pienso en Speer o Arno Breker escribiendo sus memorias y limpiando con imbecilidad unos sueños cargados ya en el inicio de basura e idiotez.